Un marco incomparable

Soy asiduo paseante de estos parajes y no me deja de sorprender el deterioro que algunas zonas están sufriendo de un tiempo a esta parte.

No negaré que la falta de educación de unos pocos esté influyendo en este deterioro pero también he observado un cierto abandono por parte de los responsables administrativos, dejando a suerte elementos del mismo (puentes, caminos, vegetación,…).

Preservar un hábitat como éste no puede consistir en restringir el acceso a las personas (reconociendo que algunos no disfrutan si no que usas de manera consumista el mismo).

El tiempo y la responsabilidad de nuestros antecesores en su cuidado han conformado un entorno incomparable, que es envidia para muchos visitantes. 

En estos momentos, donde mediante la declaración de Parque Natural, la Administración está querido preservar el hábitat de la Sierra de Guadarrama y existiendo un Plan Director para el mismo, creo que es imprescindible aumentar los recursos no sólo para su explotación turística y generar una economía endógena sino que hay que dedicar los medios necesarios para mantener este espacio natural en las condiciones óptimas para que su futuro se prolongue durante muchas generaciones y donde aquellos que lo habitamos o los que nos visitan sintamos/sientan orgullosos de este lugar tan especial.

Algunas ideas navideñas

Feliz Navidad Feliz Navidad. Un abrazo y un beso Hola pasaba por aquí... En la sede del PP... Cenas de empresa Amigos feos Queridos Reyes Magos Palmera iluminda Sonrisa móvil NocheBuena niño

«Cobardemente hemos decidido que la forma de salir de la crisis es volver atrás». El Norte de Castilla (14-12-13)

Miguel Delibes de Castro, conservacionista y ecologista

Sobrelleva con naturalidad y buen humor la pesada carga de llevar el mismo nombre y apellido que su padre, el escritor vallisoletano más conocido y querido. Quizás porque hace tiempo que se labró un prestigio propio en el mundo del conservacionismo y la ecología. En sus años de juventud colaboró con el mítico Félix Rodríguez de la Fuente, para quien escribió numerosos textos de la Enciclopedia Fauna. Asesoró a la delegación española en la Cumbre de Río y dirigió la Estación Biológica de Doñana durante 8 años. Actualmente es investigador del CSIC. Firme en su creencia de que la supervivencia del planeta exige cambios drásticos en nuestro modo de vida y de consumo, es, sin embargo, un conservacionista tranquilo. Poco dado a excesos dramáticos, cauteloso en sus afirmaciones y claro en su forma de exponerlas. Y con un sentido del humor socarrón que le vacuna contra cualquier tentación de endiosamiento.

–El clima se ha vuelto loco. Ya no sabemos cuál es la norma y qué podemos esperar. ¿Es la contribución de la naturaleza a la creciente desorientación del ser humano, a su sensación de una incertidumbre que va en aumento?

–Cuando los sistemas se desestructuran, ciertamente generan incertidumbre. Podríamos decir que ahora hay una crisis del sistema natural, del sistema biofísico que mantiene viva la Tierra, y que sostiene a esa superestructura que es la sociedad humana. No me parece raro pensar que la crisis de ambos pueda ir en paralelo. Seguramente tienen algo que ver. En cualquier caso, el que nos podamos mantener como especie dependerá de que seamos capaces de acompasar esos dos sistemas. Si no se mantiene, al menos, un sistema Tierra, que es más de base, difícilmente vamos a poder mantener el otro.

–¿Qué parte de culpa tiene el propio hombre en todo esto?

–A mí no me gusta la palabra culpa. En las conversaciones que mantuve con mi padre para la elaboración del libro ‘La Tierra herida’ él era más partidario de zaherirse y azotarse, y pensar que los seres humanos somos malísimos. Yo suelo explicarlo de modo menos dramático: el ser humano es el más listo de su clase (la clase de los mamíferos), pero eso mismo le hace a veces ser repelente y no darse cuenta de cómo son los demás. En ese sentido, sólo hemos sido los más exitosos.

Y si alguna responsabilidad tenemos tiene que ver con ser todavía demasiado animales. Somos muy animales en rasgos como nuestra tendencia a obtener todo el rendimiento posible a corto plazo; no vemos muy allá. Nuestras sensaciones y emociones son más de cuerpo a cuerpo, y piel a piel, que intelectuales; nos movemos por el criterio bíblico de creced y multiplicaos… Y si todo esto se combina con un cerebro que nos permite ir mucho más allá que los demás seres, pues nos genera problemas.

Ahora mismo es innegable que la principal amenaza para el equilibrio del ecosistema Tierra se deriva de las actividades humanas, y de la cantidad de gente que somos. Pero yo no diría que el ser humano es culpable. Entre otras razones, porque ninguna especie es culpable. Generalizar es bonito, pero es también una consecuencia de nuestro cerebro simplista.

–Matt Lauer afirma que el homo sapiens está resultando ser una fuerza tan destructiva como cualquier asteroide.

–En el pasado ha habido crisis en la historia de la Tierra graves, que han supuesto la desaparición del 95% de las especies que la poblaban, y la mayor parte se relacionan hoy con el impacto de asteroides. Es cierto que la tasa actual de destrucción de la naturaleza es similar a la de un asteroide, si bien en este caso sería la especie humana la que lo está provocando, en su beneficio, pero también en su perjuicio. Porque parece claro que vamos al desastre si seguimos por este camino. Y esto tiene que ver con la dificultad que tenemos las personas para interiorizar lo que haya de venir. Nuestro cerebro está hecho para ver lo inmediato.

Hay científicos que afirman que nuestro cerebro humano se caracteriza por pensar que el mundo es estático, y que no cambia. Esto nos ha hecho muy receptivos a los cambios repentinos, y nos ha sido muy útil y beneficioso. El problema es que el cambio lento no lo apreciamos igual de bien. Y no nos ponemos en guardia. Si nos dicen que mañana estalla la Tercera Guerra Mundial todos nos apretamos el cinturón y hacemos lo que haga falta. Pero si nos piden que hagamos algo pensando en lo que pasará dentro de un tiempo… eso es otra cosa.

–Volvamos a la idea de culpa. Me impresiona esta carta al director del colegio suscrita por un padre norteamericano: «Me he percatado de una tendencia perturbadora. A cada curso escolar que pasa, mis hijos están más convencidos de que el ser humano y la tecnología son malos para el planeta».

–Probablemente ésta es una de las asignaturas pendientes. Con ese tipo de afirmaciones no hemos convencido suficientemente a la sociedad. Probablemente están generando ciertas dosis de escepticismo, e incluso de malismo («quieren convencerme de que soy malo») y por tanto este discurso no está funcionando como nos gustaría a los ambientalistas, como pensamos que sería deseable. Pero no sabemos hacerlo de otra manera. Es algo que tenemos que aprender. Hay que educar de otra manera. De igual modo que hace falta otra economía que no se base sólo en el crecimiento sostenido, que consume cada vez más recursos.

–Pero eso, ¿es posible?

–Tiene que serlo, porque si no, no cabemos en la Tierra. Ni cabemos las personas, ni cabe el sistema de vida. Lo que no es posible es pensar que podemos crecer mucho pero utilizando siempre los mismos recursos. Eso ya se sabe que es mentira. Es verdad que a veces hay periodos de mucho crecimiento que no han alterado mucho los recursos, pero esos periodos son los de las burbujas. Esos crecimientos sin recursos que los mantengan, basados en la especulación y las expectativas, no son estables, producen crisis como la que sufrimos. Y el otro crecimiento, el crecimiento indefinido, es imposible. Hay ya libros que hablan de una economía sin crecimiento, lo que pasa es que manteniendo los sistemas económicos clásicos esto no es posible.

–Si está diciendo que la única solución para la supervivencia del planeta es un cambio económico radical a lo mejor debamos resignarnos desde ya a aceptar que el mundo no tenga arreglo.

–Yo creo que cambiaremos. Lo que ocurre es que tenemos que cambiar la perspectiva. Es un error de planteamiento dar por hecho que vamos a llegar a ser 10.000 millones de personas en 40 años y que tenemos que crecer a un ritmo constante del 2,5% y que nuestro problema es averiguar cómo lo hacemos posible. Lo que hay que plantearse es que no podemos llegar a ser 10.000 millones de personas y que no podemos seguir creciendo. Ese es el problema que debemos resolver. Pero no podemos dar por inevitable la obligación de crecer, porque vamos al desastre.

–Sin embargo, sabe bien que la percepción de las personas, lo que nos revela la economía cotidiana, es que sin crecimiento no hay creación de empleo, sino más paro y pobreza.

–Pero eso es lo que tienen que resolver los que de verdad entiendan de economía. Yo no sé cómo se hace. Si lo supiera me presentaba a las elecciones. Lo que sé es que de esta otra manera el problema ambiental no tiene solución. Y sé también que todos los colapsos, todas las crisis de civilización, han tenido, directa o indirectamente, una motivación ambiental.

Un buen ejemplo es el de la Isla de Pascua, donde creció una sociedad muy próspera y civilizada. Pero acabaron con los recursos, agotaron las especies, talaron todos los árboles… Pues bien, cuando llegaron los blancos a la isla, eran caníbales, vivían en cuevas, no sabían a quien representaban las estatuas que sus antepasados habían levantado, se les había olvidado la religión anterior. Se habían comido los recursos de la isla, porque devoraban incluso a las crías. Creo que es muy buen ejemplo. La civilización humana somos una especie de Isla de Pascua. Estamos consumiendo recursos más deprisa de lo que podemos. Al ritmo actual de consumo necesitaríamos varias Tierras. ¿Por dónde vendrá el colapso? Probablemente porque no habrá comida para todos. Y el hambre desencadenará guerras, migraciones ambientales, refugiados. No es descabellado pensar que se generen guerras por el agua. Incluso guerras atómicas.

–Lo que plantea tiene que ver con que, independientemente de nuestro modo de vida, 7.000 millones de seres humanos, que pronto serán 10.000 millones, ejercen sobre el planeta una presión insoportable. Aunque fuéramos los seres más frugales de la Tierra. Porque no hay recursos para todos.

–Existe una ecuación que mide el impacto de una especie sobre el planeta que tiene que ver con el número de individuos, y el impacto de cada individuo, matizado luego por la tecnología, que puede ser destructora o benefactora. Pero cuando seamos 9.000 millones de personas, aunque la tecnología sea muy buena y el impacto individual bajo, probablemente seamos demasiados.

–En este contexto, quizás convenga recordar una frase del ecologista Lamont Cole. «Alimentar a un niño que se muere de hambre es exacerbar el problema de la sobrepoblación mundial». Es terrible.

–Esto no se puede plantear así. No tenemos por qué matar a nadie. Pero no tenemos por qué resignarnos. Hay que plantearse seriamente la educación de la mujer y su acceso a los medios anticonceptivos, que se tengan los niños que uno quiere tener, no los que llegan… eso reduciría muchísimo el problema. Esto es un esfuerzo que probablemente choca con algunas ideas religiosas, pero es mucho más humano que matar niños, o dejarlos morir.

–El problema es que este planteamiento respetuoso y sin imposiciones probablemente exija demasiado tiempo. Quizás sea un proceso muy lento para las urgencias que nos apremian.

–Todo el mundo admite que el decrecimiento de la población es un proceso lento. Hay que planteárselo como objetivo, pero no puede ser a corto plazo. Pero hay otro factor de esa ecuación, los patrones de consumo, sobre los que sí se puede intervenir. Tenemos que cambiar a la gente. Un buen ejemplo es el tabaco. En su momento hubo mucha resistencia, pero ahora a ninguno nos parece raro que no se fume en espacios cerrados.

–Son magnitudes distintas. Pasa como con los CFC, los gases clorofluorocarbonos que destruían la capa de ozono. Podía parecer complicado prohibirlos, pero era una medida concreta, de efectos medibles y se logró. Sobre cuestiones específicas es más fácil ponerse de acuerdo. Pero cambiarlo todo…

–La prohibición de los CFC no fue tan fácil. Se logró cuando la sociedad y los políticos estuvieron completamente convencidos de sus problemas a corto plazo. Ahora bien, coincido en que cambiar esto es mucho más fácil que cambiar los patrones universales del uso de energía. Eso es mucho más complicado.

–Algunos científicos escépticos respecto de la responsabilidad humana en el cambio climático se preguntan cómo es posible que la temperatura global apenas haya subido en lo que va de siglo, pese a que no han hecho más que aumentar las emisiones de dióxido de carbono que causan el calentamiento.

–Es cierto que no se está produciendo una evolución homogénea y que el año de más altas temperaturas no es el último. Está calentándose mucho más la Antártida que otros sitios. Y quizás eso está provocando que el efecto se amortigüe en otras partes. Pero no creo que la tendencia sea a detenerse. Al revés, da la impresión de que está yendo más deprisa de lo que se pensaba.

–¿Y si resulta que el calentamiento tiene más que ver con la incontrolable actividad solar que con la del hombre? Un científico asegura tener pruebas de un calentamiento similar al de la Tierra en Marte, donde no existe actividad humana.

–Creo que el 99% de los científicos estamos convencidos de que las actividades humanas son las responsables últimas del actual calentamiento de la tierra. Es importante recordar cómo surge este debate. No es que se detectara primero el aumento de temperatura y luego se buscaran las causas, sino al revés. Lo que se planteó es: «Estamos liberando CO2, el CO2 retiene el calor que desprende la Tierra, por tanto, la Tierra debería estarse calentando». A nadie se le había ocurrido planteárselo. Pero cuando se pusieron a mirarlo vieron que era así. Pero es que sería imposible que las actividades humanas no influyeran.

Ahora, que haya otras razones, que son las que están buscando ese 1% de científicos, pues está bien saberlas. Pero esas otras causas no las podemos corregir, así que a lo mejor tenemos que hacer todavía más esfuerzo por corregir lo nuestro. En cualquier caso, que nuestra actividad no tuvieran repercusión es una hipótesis que no sería fácil de entender. Que estemos liberando CO2 y no afecte al clima sería como tener 40 grados de fiebre y estar fenomenal. Ni la ciencia médica, ni la terrestre podrían explicarlo.

–¿Y son realistas las soluciones que se proponen para evitarlo? El Protocolo de Kyoto, que planteaba medidas muy tímidas, y de impacto limitado, se ha quedado en agua de borrajas. Y estamos hablando de medidas que corrigen el problema sólo en una pequeñísima parte, no de forma sustancial.

–El esfuerzo que se planteó en Kyoto era para que la temperatura global de la Tierra no subiera más de dos grados. Y ahora mismo ese objetivo se considera inviable. En estos momentos se admite que subirá dos grados y medio aunque ahora empezáramos a adoptar todas las medidas. Cuando esto se planteó, dos grados se consideraba ya un límite importante. Ahora mismo hay quien considera la posibilidad de un aumento de hasta cinco o seis grados, que supondría la desaparición de mucha Tierra bajo el nivel del mar, entre otras muchas consecuencias.

Ante esto lo único que se puede hacer es ir hacia lo que Kyoto apuntaba, pero más en serio. Hace falta algún tipo de gobernanza mundial, universal. Es un poco absurdo que seamos un sistema único, globalizado, y que cada uno vayamos a nuestra bola. Naciones Unidas no parece que tenga mucha energía para imponer nada. Y la Unión Europea, que había tenido una postura muy digna en Kyoto, mostrándose dispuesta a cumplir el protocolo incluso si no se sumaba nadie más, ha abandonado la preocupación ambiental como consecuencia de la crisis. Pero el camino es ese: reducir el consumo de energía fósil e incentivar el uso de las energías alternativas (fotovoltaicas, eólicas…).

–Las ayudas públicas habían logrado que algunas energías alternativas, como la eólica, alcanzaran un grado de madurez tecnológica que las había acercado a la rentabilidad. Pero eso se ha congelado.

–Estas energías requieren grandes inversiones en investigación para resolver las limitaciones que ahora tienen y poder llegar a ser eficientes. Pero ahora mismo no estamos por ese camino. Se ha retrocedido claramente. Cobardemente hemos decidido que la única forma de salir de la crisis es volver para atrás, y no apostar por lo nuevo. Cuando tenía que ser al revés. Seguimos pensando que la salida está en aumentar el consumo, cuando lo que tenemos que ver es cómo creamos empleo y vivimos bien sin consumir más. Eso no lo sabemos hacer todavía. Pero lo otro ya sabemos que nos lleva hasta aquí, y que supone empezar otro ciclo que generará otra crisis económica en 15 años y, mientras tanto, la crisis ambiental se irá agravando. Nos faltan líderes.

–Teresa Mendizábal atribuye parte de nuestros problemas a una «agricultura inadecuada» y a la sobreexplotación del suelo y de los acuíferos. Pero la alternativa de la agricultura ecológica ¿permitiría alimentar a 7.000 millones de habitantes?

–Una agricultura inadecuada conduce a la desertización y, a corto y medio plazo, a tener más hambre todavía. Pero también hay que cambiar los hábitos de consumo y de comercialización. Si en vez de comer la comida donde se produce la tienes que llevar a Madrid, a un gran mercado central, para que luego vuelva a tu pueblo en una caja, el resultado es que a ti te sale carísima, y al productor le pagan muy poco, por los muchos intermediarios que hay en el proceso. Pero, además, tendremos que ser más vegetarianos, porque producir carne exige mucho agua.

El desafío no es cultivar en más sitios, sino hacerlo mejor y distribuirlo mejor. Y a lo mejor tenemos que renunciar también un poco a nuestro disfrute. Reivindicar el derecho a tener en nuestra mesa los productos más sabrosos de todo el planeta, y al mismo tiempo reclamar que se tomen medidas para evitar que 2.000 millones, de los 7.000 que habitamos el mundo, estén subalimentados me parece un poco contradictorio. Cualquier solución pasa inevitablemente por apretarse el cinturón. Eso crea aparentemente problemas añadidos a los que ya tenemos en la crisis. Pero, o los seres humanos somos capaces de proponer y gestionar el cambio importante que necesitamos, o se nos impondrá él. Y si es por la fuerza, será mucho peor.

Muestra sobre la educación en la República española

Echa un vistazo al Tweet de @franjasanchez: https://twitter.com/franjasanchez/status/410734219346722817

Constituciones del Real Sitio (artículo de Eduardo Juárez Valero)

Este pasado viernes ha cumplido nuestra Carta Magna treinta y cinco años de vida, alternando “vivas” y “mueras” en una proporción tan sorprendente que me ha hecho reflexionar al respecto. Uno, como habitante del Real Sitio, está experimentado en gran cantidad de asuntos políticos y populares, pactos y protestas, rebeliones y recepciones, asonadas y ayuntamientos, construcciones y, por supuesto, constituciones. Es lo que tiene vivir en esta corte de los milagros que durante siglos fue el Real Sitio. Y aunque no nos queda Rey residente ni gobierno visitante, sí permanece en todos nosotros cierta sabiduría remanente del acervo generacional que nuestros ancestros decidieron transmitirnos. Por ello, como de tantas otras cosas, en el Real Sitio también sabemos de Constituciones con mayúsculas y constituciones con minúsculas; de las miserias políticas de este país, no importa el momento en que nos hallemos, y de las miserias del pueblo, no importa el lugar en que nos encontremos.

Como bien nos recuerda casi todos los años la Sociedad Castellarnau, entre el 12 y el 14 de agosto de 1836 se produjo una mal llamada rebelión militar en el Real Sitio de importantes consecuencias para la historia del país. Fruto de la inestabilidad política y social provocada por los terribles años de la Guerra de la Independencia, del reinado de Fernando VII y el nacimiento del Estado Liberal, España había experimentado ya varias constituciones fallidas. Desde el Estatuto de Bayona, que más que constitución era imposición napoleónica, hasta el inconstitucional Estatuto Real de 1834, pasando por la famosa, celebrada y desconocida por todos Constitución de 1812, convertida en icono mediático, diríamos hoy, del mismo modo que aquella fotografía de Ernesto Guevara e, igualmente, vaciada de contenido por tanta celebración y tanto ¡Viva la Pepa!, el constitucionalismo había llegado y se había asentado en nuestro país siguiendo nuestra vieja costumbre del “si no quieres caldo, toma dos tazas”.

Llegado aquel caluroso agosto de hace ahora ciento setenta y siete años, los sargentos de La Granja, liderados por Gómez, Juan Lucas y con la participación del que sería el único alcalde del Real Sitio con calle en el mismo, Antonio Carral, partieron desde sus cuarteles hasta el mismo palacio, enfrentándose a parte de la milicia y a la Guardia de Corps, acogotándolo con sus vítores a la Constitución de Cádiz y sus ¡Muera! al Estatuto Real y diversos ministros de la Reina Gobernadora Doña María Cristina, celosa guardiana de la niña Reina, Isabel II.

Durante tres largos días, el futuro político del país se dirimió en el Real Sitio, asediado por el asalto al poder de los liberales que, como en tantas ocasiones y en tantos lugares, habían pulsado la fibra sensible del grupo social más desfavorecido como camino para la consecución de sus objetivos. Bien sabían Robespierre, Marat o Lenin, por citar algunos afamados revolucionarios, de la fuerza que otorgaba el control de sans-culottes o bolcheviques. Que si los políticos actuales supieran lo que liberal significa, se cuidarían mucho de llevar a gala tan curioso adjetivo y estudiarían más historia en lugar de encargar la documentación correspondiente a los esforzados becarios.

El resultado del asalto al poder fue el inicio de un nuevo período constituyente que empezó con la sanción, una vez más, de la Constitución de 1812 y la creación, apenas un año después de la Constitución de 1837 que derogaba el Estatuto Real de 1834 y devolvía una constitución liberal al pueblo español. Esta sorprendente dinámica se perpetuó a lo largo del siglo XIX y el proceso constitucionalista español se convirtió en una suerte de reforma permanente que alumbraba constituciones al ritmo en que una gallina pone huevos: 1808, 1812, 1834, 1837, 1845, 1869 y 1876. Todo ello, evidentemente, fructificó en un estado sin fruto, en un estado sin modelo de estado, si me permiten el juego fácil de palabras. Como consecuencia inherente, durante el siglo XX, se abandonó la senda del diálogo, y, tras el último intento constitucional del 1931, las armas establecieron un modelo que la actual Constitución destruyó, creando el imperfecto entorno de convivencia y prosperidad de mayor duración de nuestra historia reciente.

Quizás por todo ello, los últimos días, con motivo de la conmemoración de esta nuestra Constitución de 1978, he leído en algunos medios de comunicación la necesidad no ya de reformarla, sino de crear una nueva. Lo cierto es que no salgo de mi asombro. Me pregunto si algún político se habrá preguntado alguna vez para qué sirve la historia. El proceso de creación-derogación del XIX nos enseñó que era imposible establecer un modelo de estado si no se asentaba la Constitución. La de 1978 lo está. Forma parte de nuestras vidas. Y es fácil comprobarlo: cuando los españoles asumimos algo, directamente lo olvidamos y hablamos de ello sin saber nada al respecto. No hay más que poner la televisión y escuchar durante diez minutos: dudaba un diputado el otro día de si hoy se aprobaría en el conjunto del Estado esa constitución de cuyos votantes sólo sobreviven un 21%.

La verdad, no sé qué pensarán los estadounidenses al respecto. Ellos llevan casi doscientos cincuenta años con la misma constitución a la que han enmendado de vez en cuando y fíjense Vds. lo bien que les ha ido desde entonces.

A todos ellos, políticos, representantes, periodistas, comunicadores, tertulianos, pseudo-intelectuales, educadores… un consejo: más lectura y comprensión.

Y un paseo por las calles del Real Sitio.

Publicado en El Adelantado hoy: http://www.eladelantado.com/opinionAmplia/6921/colaboracion

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