La tras-verdad catalana

No puedo dejar pasar la oportunidad de compartir este Programa donde se recogen distintos aspectos de un triste momento por el que pasa nuestro país.

Solo añadiré y me sumaré a unas palabras que pronuncia Emilio Cabet (vecino de Isla Cristina «…hasta los más grandes conflictos siempre se han terminado hablando».

Informe Semanal (28-10-2017)

 

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Ave Fénix

El crepitar de las gotas de agua sobre las hojas secas de los robles en el suelo acompañaba mi paseo por los Senderos Reales. El olor del suelo húmedo y una pequeña brisa parecía el ambiente perfecto para una tranquila mañana de domingo. 

A pesar de la lluvia, era evidente que la sequedad de suelo hace que pienses en el alto riesgo y que el fuego haría estragos en esta zona boscosa.

Mis pasos me acercan a la entrada del paso que en La Pradera de Navalhorno te permite elegir distintos caminos que te llevan a la Cueva del Monje, El Cerro del Puerco, Peñalara y otros muchos fantásticos parajes que nos ofrece el Parque Natural del Guadarrama.

Por ser una jornada festiva la actividad fabril de las empresas dedicadas a la industria maderera que se encuentran a la derecha no añadían ningún ruido. Todas ellas tan importantes para la economía de este municipio y que representa la simbiosis perfecta entre la naturaleza y las posibilidades industriales que ofrece esta zona.

Pero la apacibilidad de este paseo se ve rota cuando la negrura de las fachadas, los tejados de chapa retorcidos y los restos de madera te sorprende y recuerdan el infierno que el pasado jueves por la noche el fuego produjo en estas naves. 

Las llamas se llevaron por delante gran parte de la economía generada por estas empresas, pero conociendo el carácter de los vecinos de Valsain, su capacidad de recuperación y lucha por la defensa de su entorno te provoca un sentimiento esperanzador sobre el futuro de sus habitantes.

Convencido que como Ave Fénix este revés se quedará en un trágico episodio y las familias que dependen de estas empresas comenzarán una recuperación progresiva y para la que será imprescindible la ayuda de las administraciones.

Mucho ánimo.

Un marco incomparable

Soy asiduo paseante de estos parajes y no me deja de sorprender el deterioro que algunas zonas están sufriendo de un tiempo a esta parte.

No negaré que la falta de educación de unos pocos esté influyendo en este deterioro pero también he observado un cierto abandono por parte de los responsables administrativos, dejando a suerte elementos del mismo (puentes, caminos, vegetación,…).

Preservar un hábitat como éste no puede consistir en restringir el acceso a las personas (reconociendo que algunos no disfrutan si no que usas de manera consumista el mismo).

El tiempo y la responsabilidad de nuestros antecesores en su cuidado han conformado un entorno incomparable, que es envidia para muchos visitantes. 

En estos momentos, donde mediante la declaración de Parque Natural, la Administración está querido preservar el hábitat de la Sierra de Guadarrama y existiendo un Plan Director para el mismo, creo que es imprescindible aumentar los recursos no sólo para su explotación turística y generar una economía endógena sino que hay que dedicar los medios necesarios para mantener este espacio natural en las condiciones óptimas para que su futuro se prolongue durante muchas generaciones y donde aquellos que lo habitamos o los que nos visitan sintamos/sientan orgullosos de este lugar tan especial.

Algunas ideas navideñas

Feliz Navidad Feliz Navidad. Un abrazo y un beso Hola pasaba por aquí... En la sede del PP... Cenas de empresa Amigos feos Queridos Reyes Magos Palmera iluminda Sonrisa móvil NocheBuena niño

«Cobardemente hemos decidido que la forma de salir de la crisis es volver atrás». El Norte de Castilla (14-12-13)

Miguel Delibes de Castro, conservacionista y ecologista

Sobrelleva con naturalidad y buen humor la pesada carga de llevar el mismo nombre y apellido que su padre, el escritor vallisoletano más conocido y querido. Quizás porque hace tiempo que se labró un prestigio propio en el mundo del conservacionismo y la ecología. En sus años de juventud colaboró con el mítico Félix Rodríguez de la Fuente, para quien escribió numerosos textos de la Enciclopedia Fauna. Asesoró a la delegación española en la Cumbre de Río y dirigió la Estación Biológica de Doñana durante 8 años. Actualmente es investigador del CSIC. Firme en su creencia de que la supervivencia del planeta exige cambios drásticos en nuestro modo de vida y de consumo, es, sin embargo, un conservacionista tranquilo. Poco dado a excesos dramáticos, cauteloso en sus afirmaciones y claro en su forma de exponerlas. Y con un sentido del humor socarrón que le vacuna contra cualquier tentación de endiosamiento.

–El clima se ha vuelto loco. Ya no sabemos cuál es la norma y qué podemos esperar. ¿Es la contribución de la naturaleza a la creciente desorientación del ser humano, a su sensación de una incertidumbre que va en aumento?

–Cuando los sistemas se desestructuran, ciertamente generan incertidumbre. Podríamos decir que ahora hay una crisis del sistema natural, del sistema biofísico que mantiene viva la Tierra, y que sostiene a esa superestructura que es la sociedad humana. No me parece raro pensar que la crisis de ambos pueda ir en paralelo. Seguramente tienen algo que ver. En cualquier caso, el que nos podamos mantener como especie dependerá de que seamos capaces de acompasar esos dos sistemas. Si no se mantiene, al menos, un sistema Tierra, que es más de base, difícilmente vamos a poder mantener el otro.

–¿Qué parte de culpa tiene el propio hombre en todo esto?

–A mí no me gusta la palabra culpa. En las conversaciones que mantuve con mi padre para la elaboración del libro ‘La Tierra herida’ él era más partidario de zaherirse y azotarse, y pensar que los seres humanos somos malísimos. Yo suelo explicarlo de modo menos dramático: el ser humano es el más listo de su clase (la clase de los mamíferos), pero eso mismo le hace a veces ser repelente y no darse cuenta de cómo son los demás. En ese sentido, sólo hemos sido los más exitosos.

Y si alguna responsabilidad tenemos tiene que ver con ser todavía demasiado animales. Somos muy animales en rasgos como nuestra tendencia a obtener todo el rendimiento posible a corto plazo; no vemos muy allá. Nuestras sensaciones y emociones son más de cuerpo a cuerpo, y piel a piel, que intelectuales; nos movemos por el criterio bíblico de creced y multiplicaos… Y si todo esto se combina con un cerebro que nos permite ir mucho más allá que los demás seres, pues nos genera problemas.

Ahora mismo es innegable que la principal amenaza para el equilibrio del ecosistema Tierra se deriva de las actividades humanas, y de la cantidad de gente que somos. Pero yo no diría que el ser humano es culpable. Entre otras razones, porque ninguna especie es culpable. Generalizar es bonito, pero es también una consecuencia de nuestro cerebro simplista.

–Matt Lauer afirma que el homo sapiens está resultando ser una fuerza tan destructiva como cualquier asteroide.

–En el pasado ha habido crisis en la historia de la Tierra graves, que han supuesto la desaparición del 95% de las especies que la poblaban, y la mayor parte se relacionan hoy con el impacto de asteroides. Es cierto que la tasa actual de destrucción de la naturaleza es similar a la de un asteroide, si bien en este caso sería la especie humana la que lo está provocando, en su beneficio, pero también en su perjuicio. Porque parece claro que vamos al desastre si seguimos por este camino. Y esto tiene que ver con la dificultad que tenemos las personas para interiorizar lo que haya de venir. Nuestro cerebro está hecho para ver lo inmediato.

Hay científicos que afirman que nuestro cerebro humano se caracteriza por pensar que el mundo es estático, y que no cambia. Esto nos ha hecho muy receptivos a los cambios repentinos, y nos ha sido muy útil y beneficioso. El problema es que el cambio lento no lo apreciamos igual de bien. Y no nos ponemos en guardia. Si nos dicen que mañana estalla la Tercera Guerra Mundial todos nos apretamos el cinturón y hacemos lo que haga falta. Pero si nos piden que hagamos algo pensando en lo que pasará dentro de un tiempo… eso es otra cosa.

–Volvamos a la idea de culpa. Me impresiona esta carta al director del colegio suscrita por un padre norteamericano: «Me he percatado de una tendencia perturbadora. A cada curso escolar que pasa, mis hijos están más convencidos de que el ser humano y la tecnología son malos para el planeta».

–Probablemente ésta es una de las asignaturas pendientes. Con ese tipo de afirmaciones no hemos convencido suficientemente a la sociedad. Probablemente están generando ciertas dosis de escepticismo, e incluso de malismo («quieren convencerme de que soy malo») y por tanto este discurso no está funcionando como nos gustaría a los ambientalistas, como pensamos que sería deseable. Pero no sabemos hacerlo de otra manera. Es algo que tenemos que aprender. Hay que educar de otra manera. De igual modo que hace falta otra economía que no se base sólo en el crecimiento sostenido, que consume cada vez más recursos.

–Pero eso, ¿es posible?

–Tiene que serlo, porque si no, no cabemos en la Tierra. Ni cabemos las personas, ni cabe el sistema de vida. Lo que no es posible es pensar que podemos crecer mucho pero utilizando siempre los mismos recursos. Eso ya se sabe que es mentira. Es verdad que a veces hay periodos de mucho crecimiento que no han alterado mucho los recursos, pero esos periodos son los de las burbujas. Esos crecimientos sin recursos que los mantengan, basados en la especulación y las expectativas, no son estables, producen crisis como la que sufrimos. Y el otro crecimiento, el crecimiento indefinido, es imposible. Hay ya libros que hablan de una economía sin crecimiento, lo que pasa es que manteniendo los sistemas económicos clásicos esto no es posible.

–Si está diciendo que la única solución para la supervivencia del planeta es un cambio económico radical a lo mejor debamos resignarnos desde ya a aceptar que el mundo no tenga arreglo.

–Yo creo que cambiaremos. Lo que ocurre es que tenemos que cambiar la perspectiva. Es un error de planteamiento dar por hecho que vamos a llegar a ser 10.000 millones de personas en 40 años y que tenemos que crecer a un ritmo constante del 2,5% y que nuestro problema es averiguar cómo lo hacemos posible. Lo que hay que plantearse es que no podemos llegar a ser 10.000 millones de personas y que no podemos seguir creciendo. Ese es el problema que debemos resolver. Pero no podemos dar por inevitable la obligación de crecer, porque vamos al desastre.

–Sin embargo, sabe bien que la percepción de las personas, lo que nos revela la economía cotidiana, es que sin crecimiento no hay creación de empleo, sino más paro y pobreza.

–Pero eso es lo que tienen que resolver los que de verdad entiendan de economía. Yo no sé cómo se hace. Si lo supiera me presentaba a las elecciones. Lo que sé es que de esta otra manera el problema ambiental no tiene solución. Y sé también que todos los colapsos, todas las crisis de civilización, han tenido, directa o indirectamente, una motivación ambiental.

Un buen ejemplo es el de la Isla de Pascua, donde creció una sociedad muy próspera y civilizada. Pero acabaron con los recursos, agotaron las especies, talaron todos los árboles… Pues bien, cuando llegaron los blancos a la isla, eran caníbales, vivían en cuevas, no sabían a quien representaban las estatuas que sus antepasados habían levantado, se les había olvidado la religión anterior. Se habían comido los recursos de la isla, porque devoraban incluso a las crías. Creo que es muy buen ejemplo. La civilización humana somos una especie de Isla de Pascua. Estamos consumiendo recursos más deprisa de lo que podemos. Al ritmo actual de consumo necesitaríamos varias Tierras. ¿Por dónde vendrá el colapso? Probablemente porque no habrá comida para todos. Y el hambre desencadenará guerras, migraciones ambientales, refugiados. No es descabellado pensar que se generen guerras por el agua. Incluso guerras atómicas.

–Lo que plantea tiene que ver con que, independientemente de nuestro modo de vida, 7.000 millones de seres humanos, que pronto serán 10.000 millones, ejercen sobre el planeta una presión insoportable. Aunque fuéramos los seres más frugales de la Tierra. Porque no hay recursos para todos.

–Existe una ecuación que mide el impacto de una especie sobre el planeta que tiene que ver con el número de individuos, y el impacto de cada individuo, matizado luego por la tecnología, que puede ser destructora o benefactora. Pero cuando seamos 9.000 millones de personas, aunque la tecnología sea muy buena y el impacto individual bajo, probablemente seamos demasiados.

–En este contexto, quizás convenga recordar una frase del ecologista Lamont Cole. «Alimentar a un niño que se muere de hambre es exacerbar el problema de la sobrepoblación mundial». Es terrible.

–Esto no se puede plantear así. No tenemos por qué matar a nadie. Pero no tenemos por qué resignarnos. Hay que plantearse seriamente la educación de la mujer y su acceso a los medios anticonceptivos, que se tengan los niños que uno quiere tener, no los que llegan… eso reduciría muchísimo el problema. Esto es un esfuerzo que probablemente choca con algunas ideas religiosas, pero es mucho más humano que matar niños, o dejarlos morir.

–El problema es que este planteamiento respetuoso y sin imposiciones probablemente exija demasiado tiempo. Quizás sea un proceso muy lento para las urgencias que nos apremian.

–Todo el mundo admite que el decrecimiento de la población es un proceso lento. Hay que planteárselo como objetivo, pero no puede ser a corto plazo. Pero hay otro factor de esa ecuación, los patrones de consumo, sobre los que sí se puede intervenir. Tenemos que cambiar a la gente. Un buen ejemplo es el tabaco. En su momento hubo mucha resistencia, pero ahora a ninguno nos parece raro que no se fume en espacios cerrados.

–Son magnitudes distintas. Pasa como con los CFC, los gases clorofluorocarbonos que destruían la capa de ozono. Podía parecer complicado prohibirlos, pero era una medida concreta, de efectos medibles y se logró. Sobre cuestiones específicas es más fácil ponerse de acuerdo. Pero cambiarlo todo…

–La prohibición de los CFC no fue tan fácil. Se logró cuando la sociedad y los políticos estuvieron completamente convencidos de sus problemas a corto plazo. Ahora bien, coincido en que cambiar esto es mucho más fácil que cambiar los patrones universales del uso de energía. Eso es mucho más complicado.

–Algunos científicos escépticos respecto de la responsabilidad humana en el cambio climático se preguntan cómo es posible que la temperatura global apenas haya subido en lo que va de siglo, pese a que no han hecho más que aumentar las emisiones de dióxido de carbono que causan el calentamiento.

–Es cierto que no se está produciendo una evolución homogénea y que el año de más altas temperaturas no es el último. Está calentándose mucho más la Antártida que otros sitios. Y quizás eso está provocando que el efecto se amortigüe en otras partes. Pero no creo que la tendencia sea a detenerse. Al revés, da la impresión de que está yendo más deprisa de lo que se pensaba.

–¿Y si resulta que el calentamiento tiene más que ver con la incontrolable actividad solar que con la del hombre? Un científico asegura tener pruebas de un calentamiento similar al de la Tierra en Marte, donde no existe actividad humana.

–Creo que el 99% de los científicos estamos convencidos de que las actividades humanas son las responsables últimas del actual calentamiento de la tierra. Es importante recordar cómo surge este debate. No es que se detectara primero el aumento de temperatura y luego se buscaran las causas, sino al revés. Lo que se planteó es: «Estamos liberando CO2, el CO2 retiene el calor que desprende la Tierra, por tanto, la Tierra debería estarse calentando». A nadie se le había ocurrido planteárselo. Pero cuando se pusieron a mirarlo vieron que era así. Pero es que sería imposible que las actividades humanas no influyeran.

Ahora, que haya otras razones, que son las que están buscando ese 1% de científicos, pues está bien saberlas. Pero esas otras causas no las podemos corregir, así que a lo mejor tenemos que hacer todavía más esfuerzo por corregir lo nuestro. En cualquier caso, que nuestra actividad no tuvieran repercusión es una hipótesis que no sería fácil de entender. Que estemos liberando CO2 y no afecte al clima sería como tener 40 grados de fiebre y estar fenomenal. Ni la ciencia médica, ni la terrestre podrían explicarlo.

–¿Y son realistas las soluciones que se proponen para evitarlo? El Protocolo de Kyoto, que planteaba medidas muy tímidas, y de impacto limitado, se ha quedado en agua de borrajas. Y estamos hablando de medidas que corrigen el problema sólo en una pequeñísima parte, no de forma sustancial.

–El esfuerzo que se planteó en Kyoto era para que la temperatura global de la Tierra no subiera más de dos grados. Y ahora mismo ese objetivo se considera inviable. En estos momentos se admite que subirá dos grados y medio aunque ahora empezáramos a adoptar todas las medidas. Cuando esto se planteó, dos grados se consideraba ya un límite importante. Ahora mismo hay quien considera la posibilidad de un aumento de hasta cinco o seis grados, que supondría la desaparición de mucha Tierra bajo el nivel del mar, entre otras muchas consecuencias.

Ante esto lo único que se puede hacer es ir hacia lo que Kyoto apuntaba, pero más en serio. Hace falta algún tipo de gobernanza mundial, universal. Es un poco absurdo que seamos un sistema único, globalizado, y que cada uno vayamos a nuestra bola. Naciones Unidas no parece que tenga mucha energía para imponer nada. Y la Unión Europea, que había tenido una postura muy digna en Kyoto, mostrándose dispuesta a cumplir el protocolo incluso si no se sumaba nadie más, ha abandonado la preocupación ambiental como consecuencia de la crisis. Pero el camino es ese: reducir el consumo de energía fósil e incentivar el uso de las energías alternativas (fotovoltaicas, eólicas…).

–Las ayudas públicas habían logrado que algunas energías alternativas, como la eólica, alcanzaran un grado de madurez tecnológica que las había acercado a la rentabilidad. Pero eso se ha congelado.

–Estas energías requieren grandes inversiones en investigación para resolver las limitaciones que ahora tienen y poder llegar a ser eficientes. Pero ahora mismo no estamos por ese camino. Se ha retrocedido claramente. Cobardemente hemos decidido que la única forma de salir de la crisis es volver para atrás, y no apostar por lo nuevo. Cuando tenía que ser al revés. Seguimos pensando que la salida está en aumentar el consumo, cuando lo que tenemos que ver es cómo creamos empleo y vivimos bien sin consumir más. Eso no lo sabemos hacer todavía. Pero lo otro ya sabemos que nos lleva hasta aquí, y que supone empezar otro ciclo que generará otra crisis económica en 15 años y, mientras tanto, la crisis ambiental se irá agravando. Nos faltan líderes.

–Teresa Mendizábal atribuye parte de nuestros problemas a una «agricultura inadecuada» y a la sobreexplotación del suelo y de los acuíferos. Pero la alternativa de la agricultura ecológica ¿permitiría alimentar a 7.000 millones de habitantes?

–Una agricultura inadecuada conduce a la desertización y, a corto y medio plazo, a tener más hambre todavía. Pero también hay que cambiar los hábitos de consumo y de comercialización. Si en vez de comer la comida donde se produce la tienes que llevar a Madrid, a un gran mercado central, para que luego vuelva a tu pueblo en una caja, el resultado es que a ti te sale carísima, y al productor le pagan muy poco, por los muchos intermediarios que hay en el proceso. Pero, además, tendremos que ser más vegetarianos, porque producir carne exige mucho agua.

El desafío no es cultivar en más sitios, sino hacerlo mejor y distribuirlo mejor. Y a lo mejor tenemos que renunciar también un poco a nuestro disfrute. Reivindicar el derecho a tener en nuestra mesa los productos más sabrosos de todo el planeta, y al mismo tiempo reclamar que se tomen medidas para evitar que 2.000 millones, de los 7.000 que habitamos el mundo, estén subalimentados me parece un poco contradictorio. Cualquier solución pasa inevitablemente por apretarse el cinturón. Eso crea aparentemente problemas añadidos a los que ya tenemos en la crisis. Pero, o los seres humanos somos capaces de proponer y gestionar el cambio importante que necesitamos, o se nos impondrá él. Y si es por la fuerza, será mucho peor.

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