El funambulista
Si analizamos el pensamiento de
aquellos que observan la escena de una persona atravesando un cable colgado a una distancia del suelo, me atrevería a decir que su permanencia ante este espectáculo, está basada en esperar a que logre con éxito pasar la difícil prueba o en su más profundo subconsciente, a que por un pequeño momento de pérdida de concentración caiga o se recupere con escorzo de agilidad.
Pero serán muy pocos los que abstrayéndose del momento circense, se pregunten de donde viene y a donde va, quien elevado del suelo, pasa por ese delgado apoyo.
Esta reflexión, es la que me produjo que pensara en algunos medios de comunicación que se dejan llevar, por no sé qué corriente de equitatividad, que no de subjetividad informativa, y publican todas aquellas noticias u opiniones que, de aplicar una cierta ética periodística no tendrían cabida en un ningún medio que se precie.
Decía Søren Kierkegaard que “el presente no puede comprenderse sin conocer el pasado, pero debe vivirse con la mirada puesta en el futuro”. Y hoy, los medios de comunicación son correas de transmisión de los que sucede en el presente, pero no aplican, en su mayoría, una visión que tenga en cuenta el pasado.
En el día de ayer, se publicaba en un periódico de esta provincia, un artículo de D. Ignacio Marina Grimau, arremetiendo contra la izquierda de nuestro país y calificándola de cainita, frente a la derecha nacida durante el periodo de dictadura más reciente que ha vivido nuestro país, “exenta de esa deformación moral”.
Sus palabras si están repletas de cainismo, de revancha y de rencor, pero no hacia sus allegados o afines, sino hacia aquellos que representan democráticamente a una mayoría de ciudadanos con un pensamiento progresista.
Pero no me voy a detener en explicar el pasado ultra-conservador y religioso de este señor, sino que quiero hacerles ver como en estos tiempos de dificultades económicas y donde la oposición parlamentaria del PP se dedica, no ha arrimar el hombro para salir adelante, sino a intentar desalojar del gobierno a su rival (enemigo) político, con declaraciones descalificadoras personalizadas y a continuación adoptar una postura de animal atemorizado y desvalido ante los ataques del Estado de Derecho; saltan a la realidad mediática personajes y movimientos que ya creíamos superados.
Apoyados en intereses mercantiles, su voz es acogida y propagada por algunos medios de comunicación (escritos, radiados o visuales), que huelen la sangre del beneficio y que desde su posición de comodidad económica, se permiten divulgar discursos retrógrados y ultraconservadores.
España tiene un pasado lo suficientemente doloroso como para permitir que la sociedad actual y la futura vuelva sobre sus pasos. El siglo XXI, me atrevo a decir es un periodo de revoluciones, de cambios en todos los órdenes. Pero a diferencia de otros periodos anteriores, la sociedad es la que debe protagonizar y decidir el rumbo a tomar. No debemos olvidar y conocer nuestro pasado, pero debemos vivir pensando en el hoy y en el mañana.
Tenemos las herramientas y la capacidad de decidir, y por lo tanto, no podemos acogernos a la indefensión del ser humano frente a los “poderosos”. Porque de ser así, no avanzaremos en libertad, igualdad y bienestar social. Pero no sólo en nuestro entorno más cercano, sino en el conjunto de la humanidad.
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